No nació para ser el mejor del mundo. Pero lo fue. Contra todo. Antes de los estadios repletos, los Balones de Oro y las ovaciones planetarias, hubo un niño en Rosario que apenas hablaba, pero gritaba con los pies. Pequeño, frágil, silencioso. Un niño que no encajaba en el molde de los campeones… y que terminó redefiniéndolo.